
Cada 19 de noviembre conmemoramos el Día Internacional de la Mujer Emprendedora. Un día que no debe servir solo para visibilizar o aplaudir, sino que ayude a transformar el largo y complejo camino del emprendimiento femenino. Porque emprender siendo mujer aún significa enfrentarse a barreras invisibles: menos financiación, menos visibilidad, menos acompañamiento.
Hoy, más que nunca, es momento de reconocer que no basta con estar. Que no basta con levantar una empresa si detrás hay un sistema que no está preparado para sostener el talento femenino. Es hora de hablar de lo que cuesta dar el paso y no solo de lo que se consigue.
El año pasado me sumé a esta fecha hablando de mujeres referentes en la provincia de Cádiz, pero este año quiero hacer una reflexión mirando hacia adentro y hablar, no tanto desde el logro, sino desde lo que cuesta llegar hasta él.
Porque emprender siendo mujer no es solo una decisión profesional, es también una declaración personal. Muchas de las mujeres emprendedoras que he conocido, yo incluida, dimos el paso buscando conciliación, libertad y sentido. Queríamos hacer las cosas a nuestra manera, marcar nuestros ritmos, elegir nuestras batallas. Pero pronto nos dimos cuenta de que la conciliación, en realidad, sigue siendo una trampa: nos piden que seamos madres presentes, profesionales impecables y mujeres eternamente disponibles… todo a la vez y sin pestañear.
Nos enseñaron a ser independientes, a no necesitar a nadie, a ponernos la capa de superwoman. Y la llevamos con orgullo… hasta que pesa. Hasta que duele. Hasta que te das cuenta de que pedir ayuda no es rendirse, sino sobrevivir. Yo misma he tenido que desmontar creencias heredadas: que valgo más cuanto más hago, que descansar es perder el tiempo, que, si no me exijo el doble, no merezco lo que tengo.
El 2025 me ha zarandeado. Me ha enseñado, a golpes y a aprendizajes, que para emprender hay que estar realmente bien. Que sin salud mental no hay emprendimiento que se sostenga.
Y es escalofriante que el 72 % de los emprendedores en España presentan problemas de salud mental y, aunque las mujeres tendemos más a pedir ayuda profesional y apoyarnos en redes de apoyo, seguimos siendo vulnerables ante la sobreexigencia, el aislamiento y la doble carga.
Porque emprender siendo mujer implica gestionar un negocio e invisibilizar un cansancio que muchos no ven. Cada alarma ignorada, las horas sin dormir, la comida olvidada, las conversaciones que evitamos… todo suma. Y cuando no paras, tarde o temprano el cuerpo se va a encargar de que lo hagas.
Este año he aprendido que caer no es un fracaso, fracasar es no intentar conseguir lo que quieres. Que levantarte es también aceptarte. Mientras te acuerdes de quién eres más allá del personaje profesional que te hayas construido.
Desde mi rol como consultora de comunicación, acompaño cada día a marcas y mujeres que también sienten esa doble presión: la de mostrarse impecables por fuera mientras por dentro están repletas de inseguridades. Les ayudo a encontrar su voz, a ordenar su mensaje, a comunicar sin agotarse. Pero detrás de cada estrategia, hay una mujer. Y muchas veces, lo que necesita no es solo comunicar mejor… sino creer que merece ser escuchada.
Emprender como mujer sigue siendo un camino solitario. A menudo nos comparamos entre nosotras, nos sentimos pequeñas, culpables, insuficientes. Y aunque deberíamos ser una red en la que todas estemos, todavía hay demasiada competencia disfrazada de sororidad, demasiada envidia cuando una empieza a brillar.
Por eso, iniciativas como la campaña “De mayor quiero ser empresaria”, desplegada en Sevilla por la Asociación de Mujeres Empresarias junto al Ayuntamiento sevillano, son más que una acción de visibilidad: son una declaración de intenciones. Nos recuerdan que lo que no se muestra, no existe. Que las niñas también tienen derecho a imaginarse liderando, decidiendo, creando. Que ser empresaria es una posibilidad real.
Ojalá llegue un día en el que no tengamos que elegir entre cuidarnos y avanzar. En el que emprender no sea una lucha constante por demostrar que podemos con todo. En el que ser mujer y ser empresaria no sean dos roles que compiten, sino que se abrazan.
Y en ese camino, no hay éxito más grande que aprender a valorarte cuando nadie te aplaude. A cuidarte cuando nadie lo exige. A sostenerte en medio del ruido, del cansancio y de las dudas. A caminar, incluso cuando el rumbo no está claro, pero el propósito sí.
Por eso, más allá de los logros individuales, necesitamos construir algo más grande: una red real, honesta, sin máscaras ni rivalidades. Porque todas, a nuestra manera, estamos lidiando con lo mismo: el miedo, la culpa, la exigencia, el cansancio. No se trata de competir por quién puede más, sino de sostenernos mejor. De apoyarnos sin juicio. De reconocernos en la otra. Porque cuando las mujeres dejamos de compararnos y empezamos a acompañarnos, el camino cambia. Se vuelve más humano, más posible, más nuestro.
Y si hay algo que nos merecemos, es poder hacerlo a nuestra manera.
Estefanía Jaime